¿a qué sabe Colombia?

¿Por qué tendría esto que ser relevante?

No se trata de volvernos nacionalistas y reforzar fronteras que nos separan de otros pueblos; entender a qué sabe nuestro territorio es importante porque en conocer nuestro territorio, en respetarlo y cuidarlo recae en gran medida la solución a muchos de los problemas que hoy en día vivimos.

Cuándo abrimos un “paquete de mecato” por ejemplo, no tenemos cómo conectarnos con el alimento, no sabemos realmente qué es lo que hay ahí dentro, ni quienes estuvieron involucrados para que llegara a nuestras manos, ni mucho menos, podemos saber los impactos que este generó. Simplemente nos guiamos por una carta de presentación en forma de etiqueta, que clasifica a este alimento como “fit” o como “fat”, llevándonos inmediatamente a ser parte de la cultura de la dieta (diet culture), cultura que ha substituido a las culturas alimentarias autóctonas que son diversas, profundas y milenarias.

Hasta hace muy poco, yo misma decía “es que la gastronomía Colombiana no es sino bandeja paisa, ajiaco, pescado frito y pare de contar; en cambio países como Italia o Francia tienen una gastronomía desarrollada, interesante, enorme y muy rica en sabores”.

Tengo mucha certeza de que así pensamos muchos, y esto no solo sucede en Colombia, esto pasa en muchísimas partes del mundo también, y es que cuando desconocemos nuestro territorio, desconocemos nuestra cultura y pasan situaciones como estas en que la cultura de la dieta ahora es mil veces más fuerte que nuestra cultura original.

 Esto es preocupante porque la cultura de la dieta nos presenta los alimentos como productos y una vez los alimentos son simples productos, al cuerpo le queda demasiado duro conectarse intuitivamente con ellos, generándonos mayor desconexión; y es justo ahí donde comienza el “problema” con que el alimento sea un “producto”, empezamos a consumir por practicidad, por precio, porque ese producto fue químicamente diseñado para que su sabor nos enganche, porque nos promete milagros, porque fue lo que nos “mandaron a comer” y por muchos otros motivos, que no suelen incluir los más importantes; no consumimos considerando lo que naturalmente el alimento puede hacer por nosotros a nivel emocional y directamente físico para nuestro beneficio, no consumimos considerando las conexiones sociales que genera el alimento, no consumimos pensando en el entorno del que este alimento proviene, no consumimos teniendo presente el impacto y lo que fue necesario para tenerlo en las manos, la convenencia nos hace perder de vista muchas cosas, haciéndonos demasiado fácil el quedarnos en comodidad total, no tenemos cómo ni siquiera darnos cuenta que nuestra propia cultura alimentaria sí existe, que es gigante, deliciosa, llena de vida, de color, de sabor y de contrastes, así como nuestra geografía y nuestra gente, y que simplemente no la estamos viendo, no la estamos conociendo cegados por la ahora adorada cultura de dieta y la producción industrializada y masiva de alimentos.

Para mi, el trabajo por hacer es enorme, siento que el alimento real, ese que cuelga de un árbol o brota de la tierra, está completamente desvalorado, creo muy firmemente que devólviendole su valor y resaltándolo podemos dejar a un lado la producción masiva e industrializada que tanto contamina y tanto enferma, para regresar a la conexión con el alimento de verdad.

Apenas estoy empezando a aprender, a conocer los sabores del territorio en que nací, los olores, texturas, formas, preparaciones y tradiciones de mi cultura; lo que me falta es demasiado, pero ya entiendo la importancia de esto y siento necesidad de continuar buscando, de conocer, aprender y trasmitir lo importante que es para todos.

¡Gracias por leer!
Juli.